Jaque mate

Solo al cabo de dos horas, pude vencer a mi rival, que por cierto fue quien me indujo en ese juego. Por supuesto, la partida estuvo acompañada por unos tragos, charla y mucha risa, como era usual entre nosotros. Nos teníamos mucha confianza y quizás por eso, decidí anunciar mi victoria adoptando la postura de un jugador de película, tal como lo he ensayado desde pequeño: con un buen sorbo acabé mi vaso de vino, encendí otro cigarrillo, realicé el último movimiento y, con aire de frialdad y cinismo, sonrisa triunfadora y mirada dominante dije:

-Jaque mate. No te lo esperabas, ¿verdad?

Pero eso no resultó muy divertido. Nunca imaginé que mi oponente también adoptaría una pose triunfadora y dominante: tomó un sorbo con mucho estilo, me miró fijamente a los ojos, sonrió con insolencia y desdén y me confesó con pasmosa frialdad y absoluto poder que se acostaba con mi vecino desde hace un par de semanas.

-Con ese que vos dijiste alguna vez que seguramente no leía mucho- me aclaró.

Es curioso; siento que esa ha sido la única ocasión en que realmente logré el personaje del “ganador de película”, pero, al satisfacer mi obsesión, sólo conseguí que ella se molestara un poco, y me llevara, con una frase, a una realidad impensada.

Desde esa noche evito el ajedrez. Más aún, desde esa noche evito cualquier tipo de juego de mesa con mujeres que salen conmigo, salvo que el juego de mesa sea explícitamente erótico, porqué en ese caso, ambos seríamos vencedores, o eso quiero creer.

Pdta.: Desde esa noche también evito darle la cara al vecino que seguramente no lee mucho.

Hoënyr, 2012.

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