Cinco velitas

Son solamente cinco velitas. Aunque la luz que emiten juntas podría parecer tan insignificante y tan poca cosa, precisamente una a una, las velitas aparecen relucientes, ejerciendo la razón para la que fueron creadas, combatiendo la oscuridad en un sombrío rincón del centro.

Sin embargo, el autor de esta obra no posee una racionalidad artística en sentido estricto, mucho menos un espíritu que se reconozca con la intención de componer escenas. Aquél silencioso rincón es uno de los tres o cuatro sitios donde transcurren las noches del viejo hombre en el centro de Cúcuta. Es el lugar donde, por razones que no vienen al caso, logra conciliar mejor el sueño. El mismo lugar en el que año tras año, en la Noche de las Velitas, realiza el ritual que aprendió de niño, por allá en alguna vereda del Catatumbo Colombiano: encender nueve velitas y orar a Dios, a la Santísima Virgen y al Niño que va a nacer.

Pero no es sólo eso: los juegos con sus hermanitos y vecinitos, los bocadillos y viandas navideñas provistas por mamá, la alegría y el aire de jolgorio de los adultos, la música, la risa, los encuentros e intercambios entre familias, todos ellos recuerdos de la vereda, de una vida feliz antes que llegara la violencia.

Aunque este siete de diciembre y por motivos que tampoco son de nuestra incumbencia, hay solamente cinco velitas, en el maltrecho corazón de este hombre aquella tenue luz significa tanto, y es tan grande, que no importa si son cinco, tres, dos o una velita, simplemente porque siente que ha cumplido consigo mismo, así sea por un instante.

Hoënyr, 2012.

Esta entrada fue publicada en Contrarrelatos, Relatos del alma. Guarda el enlace permanente.