Soledad, vejez y locura

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Cuando el anciano sopló las velitas de su ponqué de cumpleaños y abrió los ojos, comprobó que su deseo no se había hecho realidad: seguía solo en la habitación en que habían transcurrido más de dos décadas, desde cuando la familia decidió que llevarlo allí sería una buena idea, que «es lo mejor para todos».

Pero ese año fue diferente, porque, cuando tomó la única carta que cada año recibía para su cumpleaños, decidió primero verificar el remite, descubriendo que allí no aparecía más que su propio nombre. Comprendió que había enloquecido.

-Vivir en soledad es una cosa; pero, ¿vivir en la locura? -dijo con amarga inquietud, mientras arrojaba el sobre a la basura, sin siquiera abrirlo e indagar su contenido.

Entonces su memoria se remontó hacia los divertidos pasajes de “La nave de los locos” (1494), en la que Sebastian Brant versa sobre la vejez y la locura que la acompaña. ¡Pero por supuesto! ¿Cómo iba a saber Brant -o cualquier habitante del siglo XV-, que se necesitarían más de cuatro siglos para que se descubriera la enfermedad de Alzheimer y la demencia senil? ¿Cómo iban a saber los hombres de aquellas épocas, que tales fenómenos de la vejez -como la pérdida de la memoria o las alucinaciones-, son tan naturales como la caída del Sol al atardecer y no obra de dioses paganos, de Satanás o alguno de sus demonios?

-¡La pérdida de la memoria, la locura! ¡Olvidar de un momento a otro la familia, los amigos, olvidar que tuvimos una vida, que pertenecimos a un mundo al que no volveremos, que ya no nos necesita! Quizás allí esté la clave. Quizás sea esa la indemnización que Dios da a los hombres que nos hacemos viejos, una indemnización por llevarnos a vivir hasta edades ignominiosas. Sólo de esa forma, el Equilibrio Universal, fundado en la felicidad, no se altera.

Dichoso y feliz sea el viejo que abandonado a su suerte ahora puede disfrutar su locura, que no tiene que cargar con el peso del recuerdo de un pasado que ya no le pertenece, y por qué no, feliz sea su familia, que lo despidió para siempre diciendo «es lo mejor para todos».

Hoënyr, 2013.

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