Magia y rutina

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El aire fresco de la mañana, la alegría de los niños que van a la escuela, el misticismo de los ancianos y los ojos apacibles de bellas desconocidas con las que se cruzaba en la parada del bus, hicieron llevadero el peso del día a día.

Pero no siempre fue así: poco a poco y casi sin darse cuenta, la contaminación se tomó la ciudad, la escuelita desapareció, los ancianos murieron y la vieja parada del bus fue eliminada para siempre, dejando al desnudo una esquina triste y abandonada, tal como sucedió con todas las callecitas del barrio, por donde nunca más volvería a cruzarse con los ojos apacibles de nadie. Sólo hasta entonces, supo reconocer que la magia también era parte de la rutina, la misma que tanto aborreció y de la que no consiguió escapar; la misma, que como una densa neblina, le impidió ver claramente que su ciudad, su barrio y su vida se consumían lentamente y sin reposo, como un macabro juego dirigido por una Muerte despiadada.

Hoënyr, 2013.

Foto: Bogotá, 2013.

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