¡Qué vieja tan berraca!

Si pudiera elegir las tres cosas de Ella que más lo enamoraron, precisamente incluiría sin dudarlo esa extraordinaria habilidad para enfrentar situaciones difíciles, con valentía, dominio, creatividad y “sin pelos en la lengua”, como dicen en algunas regiones de Colombia, en las que esa habilidad es conocida como berraquera, y en las que las personas que la poseen son llamadas gente berraca.

-Es curioso… -dice sonriendo, antes de apurar otro aguardiente doble y continuar su relato, un ritual que realiza siempre que le preguntan si alguna vez estuvo casado.

Y nunca dejará de sonreír cada que llega a ese punto de la historia, cuando tiene que contar qué sucedió en esa ‘curiosa y maldita tarde’. Porque cuando llegó a la casa temprano -sorpresivamente y por razones que no recuerda-, y cuando encontró a su esposa en pleno coito con un tipo que parecía haberlo visto en algún lado, Ella se comportó como solo quienes poseen aquella extraordinaria habilidad pueden actuar ante una situación de esas, comprometedora. Simplemente dijo, de manera pausada pero contundente:

-Bueno, ya nos viste… Esto es simplemente es un juego… Ahora decides: o te metés y disfrutás o te vas y regresás luego.

Cuenta que no se sumó a la escena, que decidió irse y para siempre. Que se fue sin despedida alguna y apenas con lo que llevaba encima; que la pasó muy mal, que dónde familia, que dónde amigos, que eso de regresar a Bogotá es una mierda, que el transporte, que el frio, que la fanfarronería, que el aburrimiento, que las mujeres hermosas no se inmutan con los piropos, que cada cual por su lado y otras quejas y datos quizás superfluos para su auditorio.

Al final de su soliloquio pide colocar el tango aquel que habla de unas fichas de ajedrez, se toma otro aguardiente doble, se queda mirando fijamente la copa  y luego de unos segundos exclama con todo el sentimiento que su ser –ahora borracho- puede transmitir:

-¡Ah! ¡Pero qué vieja tan berraca parceros!

Hoënyr  2012.

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