Feliz Navidad y Próspero Año -STOP-

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«MOTIVO TRASLADO APLAZO VIAJE -STOP-
JULIO BENDICIÓN NIÑO SOBRINA MONSEÑOR -STOP-
FELIZ NAVIDAD PROSPERO AÑO -STOP-»

No es fácil conseguir telegramas para coleccionar hoy día y la mayoría que se encuentran en los mercados de antigüedades son saludos de Navidad y Año Nuevo. Pero éste que transcribo, escrito el 12 de diciembre de 1934, siempre me ha fascinado y su historia fue la que me motivó a iniciar la colección.

Lo encontré entre las páginas de un viejo libro de cuentos que sabrán los dioses cuántas vueltas dio antes de llegar a mi alcance. En el primer renglón el firmante enteraba a su familia que tuvo que aplazar su viaje debido a que fue trasladado. Asumí que se trataba de su empleo, que el viaje estaba previsto para aquel diciembre de 1934 e intuí que esa noticia tomó por sorpresa al personaje. Y respecto al tercer renglón, supuse que la consabida frase «FELIZ NAVIDAD PRÓSPERO AÑO» vendría siendo como una fórmula de despedida, aunque funciona también como saludo, un saludo para todos y para nadie. «Muy efectiva para salir del paso sin morir en el intento» diría mi amiga K.

Hasta ahí lo que pude esclarecer por mi cuenta. Yo tendría cerca de 8 o 9 años. Sólo después de la intervención de un adulto comprendí que la palabra -STOP- cumplió durante mucho tiempo una importantísima función en los telegramas: servir de “punto final” para cada frase. Un día -STOP- nunca más apareció porque gracias a un salto tecnológico se comenzó a utilizar en los telegramas el signo universal cuya invención se atribuye a Aristófanes de Bizancio y que conocemos como “punto”.

También fue necesaria la intervención de un adulto conocedor de la historia para conocer el sentido del segundo renglón del mensaje y que definitivamente debía contener el nudo del mismo, algo realmente importante: “JULIO BENDICIÓN NIÑO SOBRINA MONSEÑOR -STOP-”.

Cinco palabras y un punto que bastaron para que la familia se enterara que el “benjamín” de la casa, el niño que había nacido para la Obra de Dios -el mismo del que hablaban los adultos en la familia refiriéndose a él como «Marquitos» o «el padrecito»-, había sido nuevamente bendecido, ya que será padre biológico, no padre figurativo, de un niño que habría de nacer en el mes de julio próximo.

Ante semejante noticia, que podemos suponer debió causar una conmoción inmensa, hay que añadir que, según las dos últimas palabras de ese renglón, la madre de la criatura es precisamente la sobrina de “Monseñor”, quien seguramente no debe ser otro distinto al mismísimo Arzobispo de la Arquidiócesis de la Capital, porque para ese diciembre de 1934, todos en la familia -como todos en el pueblo- estaban enterados que el joven párroco era el asistente personal de tan importantísima autoridad y gozaba de su absoluta y sagrada confianza.

Así que el enigma estaba solucionado. En mis manos tenía la evidencia de un embarazo no deseado en la Iglesia y el cambio del lugar de trabajo del padre -figurativo para unos, biológico para otro- como solución.

Omitiré el resto de la historia, que la traje únicamente para ofrecerles el contexto del telegrama en mención. Basta con señalar que el tío Marcos murió de viejo siendo sacerdote, que tuvo varios hijos e hijas y que su primogénito, a quien sí conocí, más que un familiar, fue uno de mis escasos amigos; un tipo con una sólida incredulidad ante todo tipo de supersticiones, principalmente las religiosas.

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Durante muchos años la telegrafía funcionaba como un medio alternativo al correo postal (cartas). El tiempo de entrega del telegrama era notablemente inferior al de una carta, pero su costo estaba en función del número de palabras, incluso en el número de letras, lo cual implicaba el reto de asegurar calidad en la comunicación en el menor espacio posible. La redacción era fundamental para evitar el uso de artículos, preposiciones, conjunciones, adverbios, verbos superfluos y signos de puntuación innecesarios. Prácticamente era inevitable el tono escueto y el uso de fórmulas simples, «sin rodeos y sin muchos adornos».

Por eso las dos primeras frases del telegrama de 1934 fueron escritas así y por eso en su momento fueron comprendidas íntegramente. Sobre la tercera frase no hay mucho que decir, simplemente es el clásico cliché al que nos han acostumbrado desde que nacemos: «Feliz Navidad y Próspero Año [Nuevo]». No obstante, en el contexto del telegrama, podríamos atrevernos a creer que en esta ocasión el cliché, más que una despedida, quiso ser un sello seco, lacónico y contundente de tranquilidad.

Con el tiempo se aprende que en la memoria sólo quedan los eventos que realmente movilizaron nuestra alma. Y en muchas familias hay muchos más recuerdos leyendo cartas que compartiendo telegramas.

La llegada de una carta disparaba un vistazo a la letra y forma como venía marcado el sobre para augurar el posible remitente, mientras que el tamaño, peso y grosor del sobre eran indicios sobre qué podría haber en su contenido. Todos recuerdan la emoción que se suscitaba cuando en medio del acto de apertura del sobre, caía alguna foto o postal escondida entre las hojas, foto que generalmente tenía escrita por atrás una pequeña nota explicatoria o un saludo adicional al relato epistolar. Una carta podía tener noticias, historias, recuerdos, pensamientos y elucubraciones de todo tipo. Y la expresión “Feliz Navidad Próspero Año” generalmente estaba enriquecida con muchos otros elementos.

Supongo que recibir telegramas nunca hubo de ser tan divertido, más allá de la emoción de saber sobre la suerte del remitente. Los telegramas se usaban ante todo en casos de emergencia o en momentos en que era necesario asegurar mucha rapidez en la transmisión de un mensaje. Por lo escueto del mensaje los destinatarios aceptaban el contenido y no había mucho lugar a la imaginación. Todo se resolvía en un formato estándar que nunca habría de contener más de una hoja y ningún texto se diferenciaba significativamente de los demás.

Los telegramas con notas de navidad y fin de año resultaban más sencillos que elaborar cartas, con todas sus implicaciones. Quizás por eso en los anticuarios y mercadillos uno encuentra más telegramas que cartas. Y considerando la importancia que culturalmente se otorga en Colombia a las festividades de fin de año, se puede intuir una contradicción, dado que el envío de telegramas con lugares comunes se donvirtió en un mero trámite, una formalidad como tantas otras cosas que se hacen sólo por cumplir con algún tipo de canon social, como el envío de tarjetas o calendarios con las mismas frases cliché de siempre.

Más adelante abrevé en las obras de Wittgenstein, Bajtín, Spang, Borges y otros; comprendí que cualquier acto comunicativo implica una doble dimensión ética y estética que confluyen y contribuyen hacia un solo sentido. En otras palabras, que no existe distinción entre la forma y el contenido, de manera que cualquier creación dirigida a comunicar, está tanto mejor construida en la medida que el fondo y la forma sean consecuentes entre sí. Por eso las cartas son mejores actos comunicativos.

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Con la llegada de la telefonía y más aún con la llegada de la telefonía móvil, los saludos de Navidad y Año Nuevo se dieron en viva voz. Hay muchas familias con fuerte arraigo a la costumbre de llamarse entre sí en diciembre, incluso minutos antes o minutos después del hito de la medianoche en Navidad o Año Nuevo. La telefonía móvil contribuyó en esta práctica, ya que con la telefonía fija era usual que las llamadas y las líneas “se cayeran”.

Cuando alguien toma el teléfono demuestra un compromiso y un riesgo cierto. En teoría económica, el concepto de «costo de oportunidad» alude a todo aquello a lo que renunciamos cuando elegimos una opción entre un catálogo de posibilidades. Para el caso, significa que, siendo escaso el recurso “tiempo”, cada que una persona elige llamar a alguien al punto del Año Nuevo, asume una decisión de no llamar a otro(s) en ese momento específico, lo cual refleja un mayor compromiso frente a la persona elegida.

El costo de oportunidad se redujo considerablemente con el Internet, la telefonía de datos móviles, los teléfonos «inteligentes» y las redes sociales. Ya no hay compromiso y riesgo cierto, como tampoco hay una decisión selectiva. Basta con hacer unos cuantos pasos en el computador o el dispositivo móvil y decenas, ciento o quizás miles de personas recibirán el mismo frío mensaje.

Aunque espíritus como el mío preferirán siempre los medios escritos, jamás envío mensajes vía dispositivos electrónicos o vía redes sociales. Me resulta enojoso. La difusión masiva de mensajes parece reducir el asunto a un mero procedimiento táctil. ¿Cómo valorar un mensaje genérico de Navidad y Año Nuevo enviado a muchas personas al mismo tiempo?

Es casi imposible juzgar acertadamente a la primera la intencionalidad ética del emisor de un acto comunicativo. Algunos han planteado que las nuevas tecnologías sirven para una mayor eficiencia en el uso del tiempo. Pero creo que precisamente en el acto humano del “sentir” no podrían caber ideas como “eficiencia en el uso del tiempo”. ¿Acaso la felicidad puede medirse por unidades de tiempo, si es precisamente cuando estamos felices que el tiempo parece acelerarse a tasas inimaginables?

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Preferiría saludar telefónicamente pero tampoco lo hago. Aunque comprendo que es un buen gesto, no me siento cómodo. Siento que hago preguntas que aborrezco hacer, como también que recibo preguntas que aborrezco que me hagan, porque si mantuviera mayor contacto con los demás, esas preguntas no tendrían por qué aparecer.

También está la sensación de que entre todos nos decimos pequeñeces que están muy lejos de las cosas que realmente quisiéramos expresar. La incapacidad de decir cosas realmente importantes nos llevaría a la incomodidad del silencio, algo que nuestra ruidosa civilización condena, así que lo más seguro es que la conversación termine cayendo en una torrentosa cascada de trivialidades y clichés. Y al final, cuando uno cuelga el teléfono, presiente que se ha producido un nuevo fracaso. Es entonces cuando desearía devolver el tiempo para prestar atención a la pequeña voz que dice unos minutos antes: «¿seguro que saldrá bien?»

Hoënyr.

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3 Respuestas a Feliz Navidad y Próspero Año -STOP-

  1. Mario Ivan dijo:

    Gran reflexión. El problema del cliché, del lugar común, de la frase de cajón, es que no dicen nada, vale decir, no aportan estética y carecen de ética. Por otra parte, solo queda el silencio, que es incomodo, si, pero depende mucho de la naturaleza del interlocutor. Cuando uno se entiende con un buen interlocutor, a veces el silencio es necesario para calibrar la esencia de lo dicho. También a mi me disgustan los saludos de navidad y prospero año, y para algunos eso me hace antipático. Creo que son los que no agradecen la franqueza y valoran la tradición. En esta yo veo algo de hipocresía y lambonería. Fascinante la historia del sacerdote, un hombre valiente tal vez?? Intuyo el «motivo» del intempestivo traslado, que parece no lo afectó mucho. El amor da alas.

  2. Rodrigoshigh dijo:

    Hello. And Bye.

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