Abel & Caín, Eva & la Serpiente, o viceversa

Esa mañana cuando estaba buscando leña, hizo el macabro hallazgo de aquél cadáver sin cabeza; y a poca distancia, una quijada, que por su forma y tamaño cualquier mortal conocedor de la especie del muerto presumiría que pertenece al mismo, señalando, por otra parte, que quien haya sido el responsable de un hecho tan terrible, estaba interesado solo en una parte de la cabeza.

-Abel siempre quiso el hermoso cuerno en espiral; decía que lo merecía -pensó Caín, entre aterrorizado y adolorido tanto por la muerte de aquél magnifico ser, por el tétrico aspecto en el que fue dejado y por la terrible sospecha que empezaba a tomar forma. De manera que tomó la quijada y fue en busca de su hermano, ahora un posible asesino.

-Yo no lo maté, ni tengo su mágico cuerno. Te confundiste; quizás el cadáver que encontraste corresponde al de un burro. Aunque no te culpo, porque finalmente unicornio y burro son la misma cosa: animales al servicio del hombre, como todos los animales creados por el Señor, por magníficos y extraordinarios que sean. ¿Acaso no escuchas su palabra? Pero por supuesto, qué sabrás tú, mi querido hermano mayor, que pasiva e ingenuamente te dedicas a cosechar la tierra en lugar de criar ovejas o cualquier otro animal. ¡Tú y tus nociones de la armonía universal! ¡Tú y tus ideas sobre la amistad entre los animales y el hombre! ¡No sabes nada! Nunca aprendiste que ellos fueron creados para nuestro disfrute y para hacer sacrificios al Señor. ¡Eres un tonto! Por eso Él no te ve con agrado y nunca lo hará. ¡Pobre iluso y rechazado!

Las ofensas de Abel terminaron por desencadenar en su hermano una potente fusión de dolor, tristeza, desesperación e ira. Y así sucedió lo que todos conocen, gracias al trabajo de cientos de escribanos, revisores, vigías y consejeros que durante milenios han puesto sus manos a la divina causa de preservar las historias que con el paso del tiempo servirán para aleccionar la Humanidad.

Sin embargo, como suele suceder en la historia, por razones que –nos dirán- seguramente vienen del mismísimo Trono de Dios, las legiones de hacedores, promulgadores e intérpretes de las tragedias de Adán, Eva y toda su descendencia, nunca se enteraron -o quizás conociéndolo, decidieron omitir- que muchísimos años después de aquél primer fratricidio, esa mujer llamada Eva, que dicen fue quien se dejó engañar de la Serpiente y consigo se llevó al mundo de la desobediencia al candoroso Adán, esa mujer ahora hecha una anciana y a la espera de la Muerte, confesó a Caín:

-Cuando comienzas a convivir con el aliento de la que te llevará al Otro Mundo, sientes que hay que decir las cosas que nunca dijiste, esas cosas que nadie más podría decir por nosotros. El momento de arrepentimientos y revelaciones. No quiero dejar este anciano cuerpo marcado por los años y las huellas de que se ha cumplido la voluntad del Señor cuando me maldijo, sin antes relatarte algo, que, si lo hubieras conocido en su momento, quizás no estarías cargando con la culpa de la muerte de tu hermano ni tendrías que vivir con la terrible maldición que Dios lanzó sobre ti y tu descendencia… Unos días antes que encontraras el cadáver del Unicornio, este maravilloso ser me buscó y dijo que le había sido revelado que pronto moriría; que por eso se resolvió a contarme algo muy importante y grave… que estuviera al tanto, que en cualquier momento que él juzgara adecuado y seguro, me hablaría acerca de un suceso acaecido mucho antes que ustedes nacieran, cuando Adán y yo todavía estábamos en el Jardín del Edén… me revelaría lo que supo de una extraña reunión secreta entre la Serpiente y tu padre… la misma Serpiente que tanta desgracia me ha ocasionado…

¿Qué oscuro móvil podría unir en secreta conversación al que fue creado a imagen y semejanza del Señor y al más astuto de los animales? ¡Oh inocente y pobre Unicornio, por siempre muerto, por siempre ocultado por la historia y en tu lugar, puesto a cambio, un burro, por siempre tu mágico cuerno desaparecido y por siempre tu recuerdo exiliado al universo de los mitos! ¿Qué terribles cosas habrás escuchado en el Paraíso, en aquél tiempo remoto, cuando Adán y la Serpiente conspiraron contra Eva?

Y tú, primera mujer, pobre mujer, entregada a un hombre que no elegiste, juzgada eternamente culpable por la Humanidad que te acusa de la expulsión del Jardín del Edén, aquella injusta condena, pero acaso pequeña en comparación con las otras maldiciones que fueron lanzadas contra ti; ¡Oh inocente y pobre mujer, si supieras cuánto dolor y sufrimiento han tenido que soportar todas tus descendientes, por el hecho de ser mujeres, por el hecho de ser tus hijas!

Hoënyr © 2012.

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