Historias de burdel (II)

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Ni lo uno ni lo otro; ni he dejado a un lado mi inclinación hacia la depresión y el suicidio, ni me agrada la idea de seguir con esos talleres de motivación personal. Simplemente comencé a sentir, desde hace un par de semanas, algo similar a la “simpatía” por el sujeto al que asignaron mi caso, desde que lo encontré en el bar de strip-tease al que voy cada fin de mes. Allí estaba, ahora el exitoso motivador era un tipo como cualquiera de nosotros, un perdedor más, solo en una esquina, meditabundo y triste, bebiendo cerveza y mirando las mujeres del lugar con deseo, con impotencia, con inseguridad.

Al principio pensé en abordarlo, ponerlo en evidencia con todo el sarcasmo que pudiera ser capaz; estaba en mi territorio y le sería muy difícil desplegar sus estrategias manipuladoras; aquí no funcionaría su falsa modestia, su impostada comprensión, aquí es el mundo real. Pero no podía olvidar que él era un vendedor de ideas, que pertenecía al enojoso gremio de los predicadores, así que pensé que debía tener cuidado, que debía ser contundente cuando diera mi golpe, porque ese tipo de gente está siempre preparada, y al menor error te dan la vuelta al argumento, y te inculpan, y te destrozan, incluso sin que te enteres, de forma que elegí una excelente ubicación donde no le perdía de vista, mientras maquinaba mi venganza y tomaba una botella de antioqueño con K., amiga y trabajadora del local que ha sido mi confidente durante años, y que por cierto me ha vendido de todo, menos ideas.

Al cabo de un rato cambié de parecer, porque a fuerza de observar al pobre tipo, dejé de verlo como un advenedizo o un intruso, y percibí algo en él que lo hacía parte de ese nuestro mundo, el de los sujetos anónimos que preferimos el ambiente sórdido y aquella sensación de comodidad al sabernos entre iguales, sin distinción de alguna clase ni preocupaciones burguesas como vernos bien o hablar correctamente, sensación que es propia del sub mundo de los bares de mala muerte, con aroma a alcohol y prostitución.

Sabrá Dios en qué pensaba ese miserable, pero les aseguro que tenía una expresión de dolor tan conmovedora, que al cabo de un rato pensé que sería mejor abordarlo para brindarle un trago, brindarle mi apoyo, decirle que se desahogara, incluso que llorara, si era necesario. Pero no me atreví, apuré los tragos, me despedí de K. y salí del lugar en cuanto se acabó la botella. ¿Por qué habría de brindar apoyo a un predicador que desprecia todo aquello que difiere del discurso facilista de la felicidad? ¿Alguien que envuelve, bajo diversos sofismas, el hecho evidente que, para ser feliz, hay que ser egoísta? ¿Alguien que niega la posibilidad de las preocupaciones existenciales?

Creo que siento pena por ese sujeto. Y aunque ha sido un reto seguir asistiendo a esos talleres, cada vez siento más aprecio por ese infeliz-con-cara-de-felicidad. Ciertamente, es diferente a nosotros, y precisamente este aspecto encierra el único beneficio de todo esto: ahora siento que no estoy tan mal, que hay al menos un tipo en una situación peor que la mía, y que ciertamente, no quisiera estar yo en su lugar: trabajar fingiendo felicidad para vender felicidad a depresivos y suicidas. Seguramente eso ha de ser una situación muy difícil, casi comparable con el trabajo de K. y sus compañeras del bar, que deben fingir alegría para poder venderle a sujetos como nosotros. Y de allí viene aquella especie de aprecio por ese psicólogo; aunque según la teoría de K., que no se ahorra en ser directa, lo que realmente siento es lástima.

Hoënyr, 2014.

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