Metástasis burocrática

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En su peor acepción, la palabra “burocracia” alude a lentitud, estancamiento, excesivas formalidades, complejidad, filas inmensas, una comunicación escrita que para interpretarla es necesario tener dotes adivinatorias, una empinada pirámide de niveles jerárquicos, un señor en una ventanilla o un escritorio con cara de pocos amigos, otro que no se cansa nunca de decir «doctor esto, doctor aquello»… ciertamente una visión tenebrosa.

Pero también hay algo que el público no percibe: esa absurda enfermedad que impide que una propuesta generada en algún punto de la base de la pirámide, suba a niveles superiores, porque alguien siente amenazado su poder al interior de la estructura, o porque no tiene la humildad necesaria para reconocer en sus compañeros interlocutores válidos que podrían tener algo de razón, o por su incapacidad para notar que con el paso del tiempo, las cosas cambian y que sólo por eso, de pronto sea bueno intentar ver el mundo de una forma diferente.

La enfermedad se manifiesta en una elaborada construcción de artilugios discursivos con ínfulas de tecnicismo y legalismo atávico y abyecto, en cuya esencia, solo se encuentran argumentos del tipo «no es necesario cambiar», «eso no se puede hacer porque siempre lo hemos hecho como siempre se ha hecho», «usted no sabe lo que yo sí se», o, en casos extremos, el despótico «yo decido que sirve y qué no», que a lo mejor es el argumento más honesto.

Con el tiempo, se produce una metástasis generalizada que amenaza los nuevos y por tanto desprevenidos miembros de la pirámide, que rápidamente comprenden la existencia de ese muro invisible e infranqueable. Sólo basta con presentar una idea de cambio.

Hay que reconocer que algunas ideas obtienen el sagrado pasaporte para pasar de la base a la cúspide, pero en la mayoría de los casos, los focos de la enfermedad las presentan y defienden como propias. Aún es un misterio el porqué de este fenómeno, aunque se ha especulado que, al igual que muchos otros virus, las células malignas son capaces de mutar, y que esta capacidad de mutación puede llegar a niveles insospechados en cortísimos periodos de tiempo, lo que les permite preservar y fortalecer su posición y grado de influencia sobre el organismo.

Y es que por el diseño mismo de la estructura, incluso los nuevos integrantes de la cúspide d ela pirámide terminan rodeados y aconsejados por los mismísimos focos de la enfermedad, quienes se aseguran, bajo diversas estrategias y argumentos, su condición de «filtros imprescindibles», de manera que el padecimiento se arraiga con mayor fuerza y sus efectos son mucho más contundentes, inmediatos y perdurables.

Los investigadores han observado que en la naturaleza existe un antídoto, que, no obstante su carácter primario, resultaría ideal para atacar la enfermedad de raíz, ya que se extrae de una de las características de la burocracia en su peor sentido: la relación autoridad-sumisión.

Según esta teoría aún no comprobada, la enfermedad es anulada por una orden o una sugerencia del jefe de turno, hecho que se podría poner en evidencia en un amplio catálogo de propuestas sugeridas por los jefes que se hicieron realidad. Algunas de ellas revolucionarias, audaces y beneficiosas, pero también otras irracionales, eclécticas e incluso contradictorias, pero que comparten todas un rasgo común: pasaron por las manos de los «filtros imprescindibles».

Lo anterior ha permitido intuir que los portadores del virus son muy buenos «acatando u obedeciendo». Aunque las causas de este fenómeno también son desconocidas, lo cierto es que este hecho en sí mismo permite imaginar a los focos de la enfermedad en actitud complaciente y con el ánimo dispuesto a cambiar su forma de ver el mundo y hacer las cosas, siempre y cuando un jefe se los ordene. Así de simple.

Pero como toda medicina, éste remedio puede tener ciertos efectos secundarios, que pueden ser benéficos o perjudiciales según las cualidades del “jefe”, cualidades que en muchas ocasiones no son las más adecuadas, debido a una de dos características de la dirigencia burocrática en su peor sentido: la prepotencia del jefe que ya padece la enfermedad, o la inoperancia del jefe que es portador de otra terrible toxina: la politiquería.

En todo caso, lo cierto es que aún no hay certeza sobre cómo atacar la enfermedad. Los más escépticos recuerdan las lecciones de la historia, que enseñan que el cambio y el desarrollo también pueden llegar luego de una situación extrema y crítica, de esas que sacuden y movilizan. Quizás en un contexto así, la enfermedad pueda ser controlada, y porqué no, eliminada.

Pero con el riesgo que para entonces, sea demasiado tarde.

Hoënyr, 2014.

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