Historias de escritores (III)

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Pasaron años para que el novelista aprendiz lograra dar vida a la protagonista que se convertiría en el amor imposible de su primer personaje, un iletrado mesero de un bar de mala muerte.

Se trata de una señorita feliz y trágica, profunda y sencilla, misteriosa y contundente, como una mezcla entre lo mejor de la novela victoriana con lo misterioso, lo utópico, lo mágico y lo urbano, con giros abruptos y finales inesperados, como uno de esos libros que nunca logró comprender del todo, pero que marcaron su camino en las letras. Ciertamente, una mujer maravillosa.

Sin embargo, desde ese momento sucede algo inusual: su primer personaje ha venido interviniendo activamente en el curso de los acontecimientos de la novela. Así, por ejemplo, en un corto periodo de tiempo pasó de brindar una que otra sugerencia, a negarse tajantemente a pronunciar una seguidilla de frases que su creador consideró convenientes. Incluso él mismo propuso una magnífica escena en que declara su amor a la señorita en cuestión, recitando nada más ni nada menos que al mismísimo John Keats.

Aunque las diferencias son irreconciliables, el creador reconoce a regañadientes que los resultados han sido muy buenos. Sólo reprocha que, seguramente, la dama caerá enamorada, de manera que la novela será muy distinta de la idea original.

-Creo que he creado un monstruo  -dice el novel escritor en medio de risas nerviosas, mientras mira de reojo su escritorio, con algo de melancolía, con algo de rencor.

Hoënyr, 2014.

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