El dogma de la Inmaculada Concepción

La historia de la Humanidad está colmada de mitos sobre diosas-madre y dioses nacidos de mujeres vírgenes (Horus, Mitra, Buda, Attis, Dionisio-Baco, Krishna, Heracles, Zoroastro, Beddru, etc.), tal como lo es el mito de Jesús, el semi-dios nacido del vientre de la Virgen María.

A pesar de las múltiples coincidencias entre los diversos mitos y la intuición sobre un origen común a todos ellos, también existen ciertas diferencias que responden a contextos específicos. Es el caso de la doctrina católica de la Inmaculada Concepción o Purísima Concepción, celebrada en el mundo católico cada 8 de diciembre.

La Inmaculada concepción de María es una de las pocas doctrinas relacionadas con el mito de Jesús sobre las que no hay antecedentes en otras mitologías anteriores al cristianismo. Tampoco existe alguna referencia a este asunto de manera explícita en los textos bíblicos oficiales ni en los denominados “apócrifos”.

Esto es así porque la Inmaculada Concepción sólo se comenzó a celebrar en el mundo católico desde 1854, por mandato expreso del papa Pío IX en su bula Ineffabilis Deus. El dogma surge como una respuesta de la Iglesia para hacer frente a las corrientes filosóficas reformistas de la época vinculadas al naturalismo que ponían en tela de juicio las creencias marianas, específicamente las relacionadas con su “pureza”.

Aunque la promulgación del dogma se realizó a mediados del siglo XIX, su base argumentativa se encuentra en la propuesta del teólogo escolástico Juan Duns Scoto (Escoto), quien cinco siglos antes habría “resuelto” la cuestión sobre si Maria tenía o no el pecado original, tal como el resto de la Humanidad (Summa Theologiae, III q27).

La cuestión no es menor, al contrario, es muy relevante, ya que se refiere a una variable significativa en la construcción de los relatos sobre los dioses: las condiciones en que nacen como humanos y específicamente, si nacen o son concebidos por personas comunes y corrientes o por personas con características excepcionales.

Es una cuestión que refleja las nociones de distinción de sangre de las comunidades primitivas y la importancia de los parentescos por línea de sangre. En tal sentido, los mitos en general coinciden en que, cuando los dioses nacen en la Tierra, en medio de los humanos, sus madres son mujeres excepcionales, no mujeres comunes y corrientes. Las condiciones de excepción siempre aluden a los arquetipos divinos de cada mito particular. De esta forma se garantiza que el dios hecho carne tenga mucho más de dios y mucho menos de humano.

El dogma de la Purísima Concepción se acoge a la tendencia general. Afirma que Dios «mantuvo a María libre de todo pecado», incluso la mantuvo inmune a cualquier mancha del llamado pecado original, desde el momento mismo de su concepción: «su alma fue creada adornada con la gracia santificante».

En palabras más sencillas: cuando los papás de María tuvieron sexo y don Joaquín eyaculó y doña Ana quedó embarazada, allí estuvo el mismísimo Dios en persona dictaminando que aquel vínculo natural no estaba manchado de pecado. Ciertamente algo bizarro, pero así son las cosas de los dioses.

Gracias a esta doctrina la Iglesia legitimó a María como la madre terrenal de su dios arquetípico y pudo colocar a Jesús en el mismo lugar que el resto de los dioses y semi-dioses que le antecedieron, al haber nacido del vientre de una mujer separada-de y por-encima-de las demás: «llena de gracia y sin pecado concebida».

Desde el punto de vista de la elección de la fecha (8 de diciembre), tampoco hay algún antecedente en otras mitologías, aunque no hubo que hacer demasiadas elucubraciones. Se ha dicho que los consejeros de Pío IX concluyeron: «nuestra doctrina oficial dice que el 8 de septiembre es el nacimiento de la Virgen María, por tanto, si contamos nueve meses hacia atrás, sabremos la fecha de la Inmaculada Concepción».

Hoënyr.

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