Los orígenes del culto a la Virgen María

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En la América precolombina, la mujer y las diosas femeninas ocupaban importantes lugares dentro de las diversas mitologías, creencias y tradiciones. Representaban la importancia de la mujer en la creación de la vida, en la conexión con la naturaleza a través de la sabiduría sobre los elementos de la tierra y la agricultura, así como el equilibrio necesario en la vida en comunidad.

En cambio, las devociones marianas en América Latina son el resultado de un proceso sistemático dirigido a desplazar de las tradiciones indígenas los cultos ancestrales a las diosas e instaurar el culto a la Virgen María.

La Corona Española y la Iglesia Católica comprendieron que el énfasis en un dios masculino como Cristo no era suficiente, que era necesaria una mayor presencia de una deidad femenina y que María bien podía ocupar ese lugar.

Así que según la región específica, en este proceso de reemplazo confluyeron, en mayor o menor medida, el adoctrinamiento a cargo de las misiones religiosas,  la implantación de “apariciones” y “milagros” en enclaves estratégicos, la prohibición de las antiguas creencias mediante la persecución, la tortura, el destierro y la muerte y la simple y llana adaptación de las creencias antiguas a las nuevas formas, símbolos y mitos sobre la Virgen María en el contexto del cristianismo.

Hoy por hoy, América Latina cuenta con el mayor número de devociones a la Virgen María de todo el mundo, en un panorama tan amplio y diverso producto de esos fenómenos de adaptación, reemplazo y re-conversión de antiguas creencias.

Al otro lado del Atlántico, en el Viejo Mundo, miles de años antes, las cosas no fueron muy diferentes: los cultos a las diosas existentes desde la era paleolítica comenzaron a ser perseguidos desde el 4.000 antes de Cristo, por tribus indoeuropeas y semitas nómadas y conquistadoras que no dependían de la agricultura, sino del pastoreo y cuyos dioses eran masculinos, guerreros y con poderes propicios para la cría de animales.

Las tribus indoeuropeas del norte de Europa mezclaron sus mitologías con las creencias en las diosas locales, con lo que se enriquecieron aún más las diversas tradiciones.

En cambio, las tribus semitas en oriente medio ejercieron toda la violencia que tuvieron a su alcance para eliminar cualquier vestigio de las creencias en diosas femeninas en los territorios que conquistaban. Lo que hoy conocemos como Antiguo Testamento es, en esencia, el relato crudo de esa época de ultra violencia y derramamiento de sangre a nombre de un dios masculino, pastor, guerrero, celoso y sediento de sangre, en contra de las creencias preexistentes en la Diosa Madre, llamada en la Biblia como Astarte, Astaroth, Reina del Cielo, Diana o en versiones posteriores al siglo XVIII, “Abominación”.

Cuatro mil años después, en los comienzos de la era cristiana, en las regiones del Mediterráneo donde pululaban las diversas corrientes de la nueva religión, las antiguas tradiciones de la Diosa Madre femenina encontraron su espacio en la adoración a la Virgen María, gracias al emperador Constantino y los primeros líderes cristianos del siglo III y IV, que aceptaron la adoración a la Diosa Madre a través del reconocimiento e implantación del mito de la Virgen María, a cambio de apoyos políticos y ricas ofrendas e intercambios de diverso orden, tal como habría sucedido con las antiguas creencias en dioses solares que encontraron su espacio en la nueva religión.

Así las cosas, el culto a la Virgen María es lo único que queda de las viejas tradiciones en las que se adoraban Diosas-Madre dadoras de vida, por lo que al final de cuentas, María debería representar lo mismo que representaban esas primeras diosas femeninas: la devoción en la mujer, el primer ser venerado en la historia de la cultura humana, como fuente de la vida, como símbolo de la conexión con los elementos de la naturaleza, como máximo ser inspirador del amor y de la realización espiritual.

Lamentablemente, tras dos mil años de cristianismo, y aún a pesar de la Virgen María, la mujer no ha vuelto a ocupar ese lugar, ya que se mantienen las nociones del Antiguo Testamento, las de ese dios masculino pastor, guerrero e invasor.

Hoënyr.

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