Tres preguntas

-Tome asiento, tranquilícese y dígame, ¿qué sabe hacer? -indagó el político, mientras se mordía el labio inferior de la boca y bajo el escritorio, su mano bajaba a la entrepierna. Sabía que había llegado uno de esos momentos en que debe cobrarse su fama por adelantado.

-Relájese y cuénteme sin rodeos, ¿qué fue lo que le pasó con el doctor U? -preguntó el policía, mientras miraba fijamente los labios de su interlocutora y bajo la mesa, su mano bajaba a la entrepierna con algo de fuerza. Sabía que era una de esas oportunidades para hacer valer su uniforme.

-Cálmate y explícame muy despacio, ¿a que tipo de pecados de la carne te refieres hija mía? –inquirió el cura en el confesionario; en estos casos se moja los labios con la lengua y baja la mano hacia la entrepierna aún con la camándula enrollada. Sabía que ella creía que sin su intermediación, el perdón divino era imposible.

La joven campesina que salió para la ciudad huyendole al tipo que la maltrataba y así comenzar una nueva historia, tuvo que regresar a su terruño muchísimo peor que antes: sin trabajo ni dinero, sin honra, sin justicia y lo peor, sin saber a ciencia cierta si irá o no al Infierno.

Hoënyr, 2012.

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