Historia del pianista que cambió de empleo

La llegada a Colombia de la máquina de escribir coincidió con el cierre definitivo de un viejo restaurante bogotano de comida italiana, famoso por su orquesta y en especial por los shows de piano.

Se cuenta que el pianista principal terminó trabajando como mecanógrafo a pocas calles de allí, en una oficina pública destinada a la transcripción de documentos oficiales de diversa índole, como actas de reuniones, listados de asistencia, registros de visitas y notas de felicitación. Funcionaba en un antiguo edificio ubicado en diagonal al imponente Claustro de Santo Domingo, el mismo que fue demolido en 1941 para dar paso a aquél esperpento llamado Edificio Murillo Toro.

El cambio del confort de la noche y la libertad del arte, por la acuciosidad del trabajo de oficina y la uniformidad de labores y personas, no abatió ni avergonzó al viejo pianista. Al contrario, como a cualquier hombre libre y de buenas costumbres, le pareció divertido el reto de aprender una forma diferente de utilizar sus manos.

Lamentablemente, por más que intentó, entrenó y perfeccionó sus técnicas, jamás pudo alcanzar la meta mínima de 900 caracteres por minuto.

No obstante, nunca fue despedido, a pesar de los pronósticos de algunos de sus compañeros, esos sujetos grises con espíritu fatalista que están siempre dispuestos a anunciar adversidades e infortunios.

Pues bien, sucedió que sus esfuerzos, aunque vanos en la productividad, se vieron recompensados en el aprecio por parte de sus superiores y otros compañeros, esas personas que ayudan a hacer relativamente agradable el hecho de ser parte de la base de una pirámide burocrática; digamos de paso que era una época hermosa: el esfuerzo personal aún tenía valía, así como la palabra empeñada.

Pero cuentan que quizás hubo una razón más importante por la que no fue despedido, una razón que nadie quiso reconocer, una razón que aún en aquella época tan hermosa, no podía ser propia del mundo de la producción en serie de documentos oficiales que terminan en anaqueles, consumidos por el polvo, los hongos, las ratas y el olvido.

Cuentan que, a medida que pasaron los días, los meses y los años de abnegados esfuerzos por alcanzar la meta mínima de 900 caracteres, fueron cada vez más hermosas y celestiales las melodías que aquél pianista-mecanógrafo arrancaba a su máquina de escribir. Y con cada melodía, la emoción por la belleza escuchada conmocionaba a todos.

Nadie sabe cuándo murió este hombre ni dónde fue sepultado, la agencia de transcripciones ya no existe y el antiguo edificio también fue demolido, para dar paso a otro esperpento, el Edificio Bancol, sede del Ministerio del Interior, en la esquina de la actual carrera 8 con calle 13.

Se dice que en las noches de Luna llena, se escuchan melancólicos acordes de piano, secundados por alegres sonidos de una máquina de escribir antigua.

Hoënyr © 2012.

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