Error de percepción

Cuando llegué a ser el capitán de mi propia embarcación, viví un incidente extraordinario. Fue una noche de luna llena, mientras bordeábamos alguna isla perdida en el Pacífico. De repente comencé a escuchar melodiosos cantos a cargo de una voz femenina increíblemente hermosa.

No pude identificar su idioma, quizás sólo era algún tipo de solfeo. Tampoco pude identificar el lugar desde donde provenían los melodiosos cantos, así que tomé mi catalejo para buscar.

Recordé de inmediato aquellas historias de los viejos marinos, acerca de mujeres hermosas con cuerpo de pez, seres fantásticos conocidos como “sirenas” que se aparecen a los marinos en noches de luna llena para enamorarlos. Así que, a medida que los minutos pasaban, poco a poco me convencí que me encontraba ante una aparición de una de ellas.

Ese convencimiento no tardó mucho en disiparse; porque, ni se trataba de una sirena, ni eran cantos lo que yo escuchaba, ni era necesario haber utilizado mi viejo catalejo.

En realidad sólo estaba yo,  una botella de algún trago barato, el ojo de la cerradura de la puerta de mi habitación en un hotel de mala muerte, y una prostituta tan borracha como yo, lanzando maldiciones.

Y ahora que lo pienso con detenimiento, seguramente ni fui marinero, ni llegué a tener mi propia embarcación.

Hoënyr, 2012.

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