El lanzador de jabalina

La noche anterior a las competencias, su mejor amigo, el lanzador de disco, le contó que había enamorado a la mujer de sus sueños, la hermosa gimnasta rítmica. La misma a la que nunca le manifestó nada. Así que, en silencio, decidió hacer lo que todo hombre debe hacer ante un infortunio amoroso.

Al día siguiente, en medio de su borrachera, vio cómo su jabalina destrozaba en mil pedazos un disco de acero en pleno vuelo. Así que para completar, además de la culpa, la pena y el desamor, llevaría el peso del deshonor deportivo, el ridículo y la vergüenza.

Pero, ni bien habían caído todos los escombros al suelo, el estadio estalló en aplausos, gritos y ovaciones. Sí, acababa de inventar una nueva disciplina olímpica.

Hoënyr, 2012.

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