Historias de cine (II)

Al finalizar la película de cine posmoderno, salió del cinema decidido a mejorar su aspecto, aprender a comportarse y dominar ciertas habilidades que le permitieran conseguirse una novia de ascendencia filipina, para luego casarse con ella en una ceremonia en una vieja iglesia metodista abandonada en algún lugar entre Knoxville y Sevierville en el estado de Tennessee, boda que sería oficiada por un oscuro presbítero ludópata con tendencia al alcoholismo, producto de su experiencia como mercenario en América Latina.

Bueno, a decir verdad no le importaría mucho si el sacerdote fue o no mercenario, o si es el sujeto más abstemio y puritano entre todos los religiosos del planeta; hasta soportaría el tener que casarse en una notaría, en su pueblo natal, con una muchacha local cuya ascendencia jamás pisó más allá de las fronteras de su propia comarca.

Se aguantaría todo eso… es necesaria la boda.

Pero hay algo en lo que no está dispuesto a ceder, y en eso es absolutamente irreductible: una vez consumado el matrimonio, es imprescindible experimentar por un tiempo los famosos y al parecer tan divertidos “intercambios de pareja” que practicaban los protagonistas de la película.

-Porque así somos los posmodernos -asevera, en medio de una excitación más que evidente.

Hoënyr, 2012.

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